L'avorriment és com un paper en blanc: et dóna corda per escriure sobre el que sigui, on sigui, i durant un temps igual a la duració del mateix. És possible que quan comencis a escriure no tinguis ni idea de què és allò que vols plasmar, però el que sí saps és que vols deixar la teva empremta en una sèrie de paraules ordenades.
Arribats a aquest punt de determinació, et planteges allò de “digues el primer que et passi pel cap” i tot i que normalment és una sortida una mica suïcida per a la falta de recursos, de vegades tens sort i en la caiguda trobes algun llençol estès o una planta trepadora que t’evita de caure i morir en la redundància o la banalitat.
“Què penses? Va, va, va, vull una resposta ràpida”. I respons: “rellotge”. “Per què has dit rellotge?”. Et mires al canell buscant una excusa vàlida i veus que està nu, sense rastre d’haver portat cap rellotge al menys per uns quants anys.
Ja de tornada a casa, capficat en el que ha succeït, t’adones que la teva imatge mental de rellotge no té cap marca i que ni tan sols sembla ser un retrat borrós d’un rellotge. És com si per pensar en diners, ens haguéssim de limitar a pensar en una pila de monedes. Potser alguna ment prodigiosa podria tenir la primera imatge mental d’una maleta plena de bitllets de 300 –beneïda sigui, perquè la vida és massa absurda com per viure tan encegats que no puguem concebre-la com a tal.
I dius: “caram, caram, caram, i si no és un rellotge de canell ni un rellotge de cuina, que coi pot ser?”. De cop, et ve una cançó d’algun artista mort de gana, un d’aquells de debò, que exclama: “rellotge fill de puta, el temps que t’has menjat; i el món seguirà endavant”. I, a part de dir-te que tan sols per aquella frase ja valia la pena fer-li un favor i comprar-li un cd, conclous que possiblement la teva idea sigui aquesta.
Per desgràcia, com bé hem avançat, ara que ja tens un tema del que parlar, l’avorriment s’esgota, la ment comença a volar entre núvols d’idees i, per desgràcia, és com si et trobessis en un desert en el quan tan sols plou una o dues vegades cada molt de temps i sovint, tal com passa, les gotes, com insegures i esfereïdes de por, s’evaporen i desapareixen abans d’escampar-se en la eternitat relativa del terra, o del temps.
El mendigo cuartomundista es un individuo estrafalario, de barba gris y fardo ocre que puede ser encontrado a lo largo de las grandes ciudades. Por extensión, puede ser, por tanto, el hombre frío que se acostumbra a encontrar por las mañanas en su cajero habitual a modo de dormitorio.
Al ser llamado en la puerta del cajero, se le puede ver levantarse con paso poco decidido y se le puede ver hacer una mueca bastante pesada al ser despertado de un breve letargo como vigilante nocturno. Su amplia gama de saludos se ve integrada por tan sólo un silencioso y carrasposo “Buenos días, usted disculpe”. Ése es, en efecto, su único saludo demostrado. Ha sido comprobado, además, que éste sólo se da si, y sólo si, el sol brilla en el exterior y la temperatura alcanza, con alegría, ni más ni menos que 26.5 cándidos grados Celsius si se encuentra en el hemisferio norte, y alrededor de los 79.7 grados Fahrenheit si se encuentra en el hemisferio sur - no ha sido descrito el caso del mendigo ecuatoriano cuartomundista. Por lo general, las condiciones adversas no permiten ver tal reacción en el mendigo. Por tanto, en vista de tan baja tasa de salutación, descarte por improbable la posibilidad de establecer una conversación más o menos amena con el individuo.
La inteligencia del mendigo puede parecer mermada o reducida respecto el estándar por culpa de las malas condiciones de su hábitat; pero desengáñese, pues extraordinariamente conserva intactas sus facultades mentales y es bien capaz de razonar si se lo propone. Por extensión, cuando los nudillos de algún transeúnte matutino llaman a la puerta del cajero para ahuyentar al individuo, el intelecto del mendigo se ve coaccionado por el efecto sonoro a establecer una relación direccional entre su propia situación y la del peatón, convergiendo por ende en un cruce de miradas y un sentimiento de rabia por, usualmente, el adinerado sin efectivo que le despierta para reabastecerse de papel del estado.
Pasemos ahora a presentar al trajeado de negro que, por rutina, aguarda con estrés en la puerta del cajero, esperando a que el mendigo lo desaloje. Americana replanchada negra a rayas grises, zapatos de piel y corbata a juego con sus billetes de quinientos euros es su indumentaria de los optimistas lunes antes de navidad – según los estudios, con la seguridad de poder cerrar un trato antes de tales fechas. Con el pelo repeinado y sonrisa afable, luce con orgullo las ojeras del trabajador innato y, en secreto, algún que otro moratón en el cuello debido al efecto de aspiración bucal, más comúnmente denominado “chupetón”, producido sin duda por la mujer con la que se acostó sin demasiados preámbulos y poca labia el viernes pasado. En su bolsillo, el caballero guarda, por lo general, los ya desgastados pañuelos que le regaló su amadísima esposa un día de los enamorados, por allá el 95.
Hombre seguro de su martirio, debe esperar pacientemente mientras observa con desagrado el viejo mendigo vestirse. Llegados a este punto muerto, el caballero, en busca de entretenimiento, empieza a hurgarse en la nariz y, si fuera necesario, procede de la misma forma con la oreja derecha, y luego con la izquierda. En el caso de que el mendigo se demorara por causas inexplicables, el señor pasaría a levantarse la manga de la americana de dos mil quinientos euros, en un impremeditado y orgulloso acto reflejo, para mirar o mostrar a través del cristal el brillo de algo tres veces más caro. Hágase entonces, por lo general, un silencio de tres segundos en el que, según algunos autores, se crea el denominado triangulo del deseo entre el mendigo, el reloj, y su propietario. Una perturbación, del tipo ondulatoria, como el cantar de un ruiseñor o un bostezo ajeno, induce la rotura del triangulo del deseo y los tres elementos que lo componen vuelven a ser conscientes de la situación que los rodea – exclúyase, en este caso, al reloj.
Algo avergonzado por haber establecido tal lazo amoroso por un lapso de tres segundos,el mendigo empieza a sentirse más inquieto de lo estipulado como normal en tal situación. Es de esperar que se le caigan al suelo los desperdicios de la cena proporcionada por las hermanitas de la caridad, así como que se olvide de poner alguna que otra pertenencia en el fardo. La agitación del mendigo, ante los ojos atónitos de su observador, hace crecer la tensión, por lo normal, de forma exponencial. Obsérvese, siempre y cuando se esté dotado de cierta minuciosidad, como se va empapando ligeramente de vaho el cristal debido al ascenso de la temperatura en el interior del cajero. El hombre trajeado, por su parte, empieza a sentir, generalmente, cierta presión en la sien y los ojos del mismo a tornarse del color de su corbata.
Llegados a este punto, los diferentes estudios realizados sobre el caso pronostican la caída accidental de una revista para hombres. Es de esperar que el clima tropical del interior del cajero influya sobre la capacidad perceptiva del mendigo, quién, según lo previsto, no recibirá ningún estímulo visual ni sonoro al respeto y seguirá, con paso más o menos uniforme y recto, la dirección hacia la salida.
El caballero, mientras tanto, debido a una subida de adrenalina producida por la situación, se verá totalmente trastornado por pensamientos de carácter sexual, entre los que podemos destacar la imagen borrosa del caballero y su amante fornicando dentro del cajero vestidos de operadores e insertando la tarjeta de crédito en lugares poco ortodoxos mientras la mujer escupe billetes de quinientos. Ante tal excitante visión, el corazón del empresario empieza a latir a modo de apisonadora y sus ojos entornados a zarandearse a su vez. Es en este momento, en que el adinerado señor olvida por un instante su personalidad y composturay se ve sumido en una especie de trance. Tal estado de semiinconsciencia, lleva al caballero por retroalimentación a un estado de comprensión sublime sobre la necesidad de la sexualidad por parte del mendigo. Por consecuencia, tal aprehensión lo conduce a realizar un acto de pura condescendencia y bondad: se ve impulsado a irrumpir de forma aparatosa en el cajero a fin de percatar al mendigo de la pérdida de su revista para hombres.
Pero algo sale mal: el mendigo, ruborizado ante su patético estado, tiene la extraña sensación de que va a ser cabeza de turco de tan melodramática práctica por parte de los mendigos –refiérase al hecho de dormir en los cajeros. El miedo se apodera de sus extremidades, dejando paralizadas primero las piernas y luego el resto del torso. Nótese el pavor in crescendo al reparar en la cara desfigurada de tan imponente señor acercándose con rapidez. El mendigo, en un arrebato de terror por la proximidad del hombre que iba a torturarlo, se ve obligado, como es de esperar, a ponerse de rodillas y a paulatinamente mover los brazos hacia la cara en posición de defensa.
Por su parte, el elegante adinerado, en ver la posición de rodillas del mendigo y siendo envuelto ya en la estela morbosa de sudor y esencia humana propia de un cajero ocupado, se ve mentalmente coaccionado a asociar enfermizamente la situación con un acto de proposición homosexual, una felación más exactamente. Ante tal turbación, prodúzcase un silencio absoluto por un espacio de más de ocho segundos.
Pasados ocho segundos y habiendo sida sintetizada una cantidad razonable de hormonas masculinas, es decir derivados del ciclopentanoperhidrofenantreno, se produce, tal como ha sido demostrado in vitro, el siguiente hecho. La concentración elevadísima de andrógenos produce la atracción química de una mujer entrada en carnes, que se ve incognosciblemente seducida por su olor. Despertado su deseo sexual, la mujer buscará incansablemente la fuente de tales esencias.
Gracias al crecimiento diferencial de su percepción visual, la mujer terminará por percatarse de la posición exacta del brollador hormonal. Será entonces cuando, en darse cuenta de la dualidad masculina de su origen y en advertir su non-grata posición, se verá inducida proporcionalmente al deseo a arremeter contra ellos a fin de detener el espectáculo. Por contra, su razonamiento se verá claramente afectado: por lo general, entrará en un bucle caótico que según los expertos liberará la energía necesaria para un aumento de entropía cerebral. El ciclo cerrado, junto al aumento entrópico, serán los causantes de una bajada en picado de la concentración de isoflavonas, que irá acompañada de una sensación parecida a una crisis menopáusica. Finalmente, una parálisis motora hará caer al suelo a la mujer con tanta precisión que al caer presionará sin querer la tecla de socorro de su móvil.
Mediante la teoría del caos, podremos deducir que el aleteo cercano de una mariposa será el causante irrevocable de que un coche policial patrulle por la calle en cuestión justo en ese momento. La llamada no intencionada de la mujer alertará a los dos agentes de café en mano y los hará dirigir, gracias a la triangulación telefónica, hasta el lugar donde se realizó.
Un salto en el tiempo, ya calculado por los expertos, nos lleva directamente a una escena donde el rico señor del traje a rayas será condenado a 3 años de prisión por maltrato a un indigente. La madre del trajeado, por su parte, será ingresada en el hospital por una crisis nerviosa debido al conocimiento de la homosexualidad de su hijo.
Pels marcadors lluminosos del metro, que no funcionen, per la gent que espera i per la que desespera; per l'inquilí de dins el vagó, que es creu al peu de la lletra el dejen salir antes de entrar, pels que es colen i pels que fan veure que tenen raó.
Per la iaia que demana amb la mirada poder seure, pel latin -excusat sigui- que no s'aixeca i per la seva música, que faria aixecar a la iaia -si estigués asseguda. Pel que badalla, pel que riu, pel que tan sols somriu i pel que posa cara amarga; pel que se sent joiós i creu poder mirar la gent a la cara, pels que simplement miren sense saber perquè i pels de mirada indecisa de gos enamorat; per la que parla en una llengua estranya pel mòbil, pel que sap quina llengua estranya és i pel que com a mínim juga a endevinar; també pel que es pregunta qui cony truca a les 7:30 del matí; pels que entren al metro perquè els toca entrar, pels que hi entren per què realment ho volen i pels que segurament no hi tornaran a entrar; pels turistes, pels que aparenten ser turistes, pels immigrants camuflats de turistes i per les mares dels immigrants; per la Júlia, que no conec gaire a fons, però sí sé que té una amiga molt cridanera; per la porta, que tan sols s'obre quan l'acciona una xicota voluptuosa.
Pel llarg passadís de transbord i per les seves 10,000 passes de tortuga; pel negre que toca el saxo, pel pobre cantautor pobre, i per la competència que vagament els mou als dos a les 7:45 del matí; per les pujades del transbord i pel cul de la noia voluptuosa d'abans; per les baixades de transbord i per l'escot d'una noia igualment voluptuosa; per les cambreres, per les assistents de vol, per les secretàries, les manades i les que manen; també, per què no, pels paletes, pels professors i pels empresaris de panxa i puro; pel passadís que s'acaba i pels records de culs i escots, que també s'esgoten.
Pel nou vagó, per lo vell que deu ser i per les històries que podria explicar si tingués boca; pels gays i transexuals, que miren sense vergonya sota el lema mirar es gratis; per la noia de cabells pelrojos, que tandebò seguís el mateix lema amb el proïsme; pels que no saben què és proïsme -on m'incloc- i pels que traduiré a prójimo; per la iaia d'en Joan, que pensa que mentre ella encara viatja en metro el seu nét no podrà tornar a viatjar-hi; pels nounats, pels nens petits, pels que ploren perquè tenen gana, pels que ploren perquè no en tenen, pels que creuen que els adults no els entenen i pels que encara respiren amb el diafragma; també pels que no ploren, et miren fugaçment i et fan recordar un nosequè de quan eres petit; per la parada, que ja arriba, i que marxarà tants cops com haurà arribat; per la porta que per fi respon.
Pels escassos i aclamats revisors, que et fan debatre entre una multa de 20, o una de 40; per l'estimat bitllet, que t'evita de morir cremat per la inquisició, amb tot l'humor del món; pels que riurien amb la comparació i pels que es quedarien igual; pels infinits esglaons de pujada a la superfície terrestre i per la penetrant olor rutinària de Jean Paul Gaultier de la noia menys voluptosa que he vist en tot el trajecte -beneïda sigui la seva existència; pels que fan pudor ja de bon matí, que són disculpats perquè la fragància anterior els contrarresta; per la llum, que fa mal als ulls i mata les poques neurones matineres.
Per tots ells... i per la universitat, que no m'hauria pogut quedar més aprop i no em cal agafar el metro.
Salir con una chica, ser envidiado; ser excelente, ser elogiado; ganar, ser el centro de atención; hasta realizar un acto altruista y esperar recibir las gracias.
A lo largo de nuestra vida, por suerte o desgracia, diariamente nos encontramos en muchas situaciones de ser una especie de ego-humanistas o especimenes de mini-Belén Esteban (ver Lecturas de mayo). A menudo somos, por qué no, objeto de elogios y en algunos casos, de aquí la referencia a la Esteban, el centro de atención. Y nos gusta. Nos gusta recibir esa muestra de supuesto afecto o amor, o quizás sólo el hecho de que hablen de nosotros, y nos hace sentir bien.
Ante tal gratificante situación, el cuerpo responde segregando algún tipo de neurotransmisores que nos hacen sonreír de oreja a oreja (¿drogas endógenas?). Poco después, esa felicidad postiza va desapareciendo hasta que subconscientemente estamos deseando otra dosis de elogios. Y de esta forma, se cierra el ciclo: la gente elogia para ser elogiada y el mundo se mece en una especie de transfusión recíproca de buenas palabras.
¡Qué fácil y cuán idílica parece la felicidad de la humanidad desde tal perspectiva! Me recuerda mucho a la tendencia hiperlucrativa de lo bancos antes de la crisis. Me refiero al ese dar para recibir mucho del cual tanto se sirvió la banca al hacer prestamos despreocupadamente, que luego la gente no podía pagar. O todo el tema de los créditos subprime, el pasarse la patata caliente hasta su conocido final. En definitiva, es evidente que tal intercambio de buenas palabras no tiene final deseable alguno, sobretodo porque en la mayoría de casos tales palabras son tan vacías como la liquidez actual de los bancos. Y, como es lógico de esperar, un día la burbuja se puede romper y nos podemos dar cuenta de que el supuesto gintonic en el que estábamos surfeando con nuestra burbujita no era más que agua del grifo.
Sin embargo, mientras la economía recientemente ha topado con su verdad, los hombres, como ejemplares vanidosos de los mamíferos, aún no hemos chocado de a uno contra nuestra naturaleza. ¡Pero hay indicios! Fíjense en que cada nueva guerra que se declara en el mundo no es más que la confrontación de dos grupos que han cortado con su rollo de buenas palabras y han vislumbrado realmente el vacío de tales. "!El hombre es lobo para el otro hombre!", dijo Hobbs; y cuanta razón, sólo el estado y esa falsa felicidad promovida por el intercambio lucrativo de elogios nos salvan del caos total.
Pero basta ya de demagogia. Lo que aquí se requiere es un cambio de ideas, un refrescado de nuestras neuronas. Ya hay gente que ha conseguido el anhelado dar sin recibir a cambio que tanto nos salvaría de nuestra condena, y es que ésa es nuestra solución: aceptar que la mayoría de buenas palabras que recibimos no son mas que interesadas y por cortesía, y que nuestra felicidad debe asentarse sobre pilares más sólidos que no en este tipo de relaciones interpersonales.
La tristor de la melancolia torna al meu petit cor, com cada dia a les tres en punt. Miro per la finestra i veig feixos de llum que solegen l’amarg gris de les parets nues i el terra fred. Més a prop veig un gat que medita al costat d’un arbre, i papallones juganeres que parlen en veu alta que ja ha arribat la primavera.Somric pensant que sóc un gat o una sargantana i que no tinc res més a pensar que en el fet de que ara començarà a fer calor i que, si tot anés bé, ens aparellaríem abans de juliol.
M’arrossego per casa buscant alguna cosa que m’ocupi: no hi ha res que m’ompli, em sento buit com el vas de cafè que em vaig prendre un dia amb ella, ara ja fa una eternitat. El que donaria per un cafè ara, “molt amarg si us plau”. Ric. I em torno a esvair entre núvols de paper.
En veure un altre cop el sol que clareja a fora, em dic de pujar al terrat. Pesadament m’hi arribo i m’assecen silenci en un dels extrems. Sembla mentida com la gent es veu tant petita des d’aquí dalt i a la vegada pugui ser tant gran i important. Recordo com el vent li feia voleiar els cabells, i com es molestava quan la mirava en aquests moments. Em quedo captivat per la cara que posava quan s’enfadava, igual de bonica sempre.
I el temps transcorregué. Es feren llargues hores fins que el sol amenaçà de marxar i sense miraments ho feu, sense donar-me dret a demanar-li que es quedés, com feu ella.
Dos persones grans, un home i una dona, seuen pesadament en dos cadires al fons de l'estància. No es diuen res, tan sols miren l'antiga televisió que s'aguanta com pot sobre l'entrada del bar. Podrien ser dos clients qualssevol però no els semblen pas. No hi ha ningú més en tot l'establiment: no hi ha cambrers, ni cuiners, ni tan sols sembla haver-hi l'amo del bar; tan sols dos vellets de mirada perduda en l'horitzó.
El tramvia arriba, com cada 5 minuts, a la parada Sant Ramón. La gent baixa del transport i vaga cap a casa seva, passen per davant del bar silenciós i silenciós queda el fugaç record de l'establiment. Ningú, absolutament ningú, ha copsat en el seu rutinari recorregut la presència d'un bar amagat entre dos fàbriques abandonades i menys a dos vellets, que jauen com esperant quelcom. La vida sembla passar al marge del bar. Els sentiments de ràbia, de dolor o de felicitat, de tristor o d'alegria dels vianants fan que l'estampa dels vellets sembli ridícula, absolutament fràgil i el sentit de la existència i del temps totalment perdut.
Però en la brillantor dels seus ulls hi ha quelcom que els fa especials. Pot ser és el fet de que viuen una il·lusió: la de ser els propietaris d'un bar. Potser és que encara juguen com nens a explicar-se contes en soledat. Potser és que són dos vellets que encara viuen en el passat de joventut, com quan els obrers de les fàbriques omplien el seu bar.
Tant se val, perquè tot és un engany que ells mateixos han acceptat tolerar. El vent els ha provocat arrugues, l'aire desgastat els pulmons i, al pit, un cor cansat lluitar els frisa per trencar la melodia de la vida i passar a ser pols eterna. Però el temps encara no els ha decidit un destí i mentre esperen humilment la mort són tot memòria i sentiment a flor de pell. Són com dos capolls de rosella a inicis de la primavera eterna, en qui ningú depara i ningú copsa. I és en aquest hivern que els toca passar i en aquesta ciutat de morts que no els veu ni sent, en que finalment pren sentit la vida. I és al final d'aquest camí seu en que el bar, paradoxalment, cobra existència real i en que els sentiments compartits, com l'amor o la tristesa, cobren raó de ser.
Perquè mentre hom viu al marge dels vellets, la vida s'escola entre els dits de les mans i només quan aquesta deixa de brollar, conscients som al fi de la seva magnitud i esplendor. Vius i lliures al fi. Un bar de vius en la ciutat dels morts.
El sol brindava l’espurna màgica que faltava en aquell lloc tan especial per a tots dos. El vent, dolçament present, li feia voleiar els cabells a compassos de vals i el meu cor, a mode d’acompanyament, tocava a un ritme trepidant la melodia de l’amor. Poc a poc, els nostres caps s’acostaren presos d’una atracció quasi mística, les nostres ànimes també. I quan els meus llavis fregaren els seus, no volguérem trencar l’instant i passàrem minuts i hores mirant-nos i suaument acariciant-nos els llavis mentre el vent i la música tranquil·la d’un fonògraf ens acaronava allò més profund de l’existència humana.
Passats els anys, presa de la malaltia del temps, deixà de recordar aquell instant preciós que ens enllaçà per la eternitat, oblidà aquell nexe que ens unia secretament més que no pas el matrimoni. I poc a poc, fou oblidant inexorablement la resta, fins a no deixar-ne ni rastre.
Ni el vent, ni el sol, ni els valsos ni els meus propis llavis no li feren recordar la nostra unió mai més. Ara, jaient en el més amarg oblit, seia amb el cap recolzat al costat d’un altre home en un dels bancs de la residència. Havia oblidat qui representava jo i la rutina de la seva agonia l’havia enganyat: es pensava que havia estat casada tota una vida amb aquell confós per igual de cara arrugada. Pitjor fou, doncs, la meva agonia al saber que el dia següent havia mort la dona amb qui havia compartit la meva existència. I no per la mort en si, sinó per la impotència de no haver-li pogut fer costat en els seus últims instants de vida.